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El espejo que refleja nuestro interior

Para qué estamos aquí

Quizás esta es una de las preguntas trascendentales que más hemos compartido los seres humanos, pareciera flotar en el aire. Ha sido pronunciada en diferentes épocas, en diversas culturas y en distintos idiomas, me atrevería a decir, que es una pregunta universal.

El destino

Desconozco cuándo la pregunta comenzó a formar parte de mi, pero hubo un momento en que apareció, y desde entonces ha andado conmigo. ¿Para qué estoy aquí? Las respuestas que me he dado, han ido variando en el tiempo, como suele ocurrir con este tipo de preguntas trascendentales. Cuando pensaba que cada uno tenía un destino trazado, la respuesta era: “estoy aquí por alguna razón, y esta me será revelada por el destino”. Se trataba entonces de esperar. Bastaba con mantenerse quieto y vivo, para que de alguna forma, el “destino”, se las arreglara para mostrar la razón de mi existencia. Algunos, por suerte, recibían el mensaje del destino cuando aún eran jóvenes, y temprano en sus vidas sabían para qué estaban aquí. Otros en cambio, menos afortunados, morían sin conocer la respuesta a esta pregunta, partían sin saber cuál había sido la razón de sus vidas.

El libre albedrío

Un amigo y yo solíamos conversar largamente sobre temas filosóficos. Una de las discusiones se centró en la existencia del destino. Para esta época, yo había abandonado la idea del destino, y había abrazado la del libre albedrío. Lo hice porque me fastidiaba que mi futuro no dependiera de mí, en cambio, me complacía más la idea de que yo estaba al mando, de que mi vida dependía de lo que hiciera y decidiera, y no de los caprichos del Universo. Además, me parecía ilógico y contradictorio, que todo estuviera escrito, si fuera así, entonces nadie sería en realidad responsable de sus acciones, pues estas ya hubieran sido determinadas por algún otro. En cambio, mi amigo se inclinaba por la idea del destino, en la que sin importar lo que hiciéramos, el resultado final cumpliría con ciertos parámetros preestablecidos. Es decir, habría una cierta holgura, pero los hitos principales se alcanzarían, los eventos de una u otra forma, serían inevitables..

El Ying Yang

Teniendo presente el tema de la complementaridad, y del camino del medio propuesto por el budismo, me puse a pensar si sería posible que ambas alternativas se manifestaran a la vez. La respuesta venía gestándose desde el pasado, cuando aun no me había planteado la pregunta de manera explícita, ya que unos diez años antes, me encontré en una situación que me obligó a cuestionar un supuesto antagonismo. Hoy contemplo esas situaciones tomando como referencia el simbolismo inherente del Ying Yang, que considera a la unidad como resultado de la complementaridad de aparentes contrarios. Como dije antes, esta respuesta venía rodando de antesd, desde los tiempos en que me hice de una motocicleta.

Relajado pero atento

Cuando tenía veintiseis años compré una moto estilo de carreras, un estilo de moto conocido popularmente como racing. Había querido hacerlo desde mucho antes, y la verdad es que me encantó adquirirla; nada como un paseo en moto. La justificación que usé para mí y para mis padres, ya que aun vivía con ellos, era que la moto me permitiría evadir las terribles colas que en horas pico se producían en la vías que usaba para ir y venir de mi trabajo. La verdad es que realmente la moto cumplía lo prometido y me fue de maravilla, lograba ir o venir en menos de treinta minutos, lo cual era un tercio y hasta un cuarto del tiempo que empleaban quienes viajaban en carros o autobuses en el mismo trayecto. Con lo que yo no contaba, era con el tremendo estrés que me generaría viajar por la autopista. Desde antes de comprar la moto, me propuse ser muy cuidadoso, y cada vez que conducía, observaba sin distracción alguna los detalles de la vía, los otros vehículos, y todo lo que permitían visualizar los retrovisores. La idea era advertir el más mínimo indicio de peligro para poder reaccionar a tiempo. Sabía que mi seguridad dependía principalmente de mi prevención, y conocía el riesgo de ser motorizado.

Sin embargo, lo que se suponía debía ser placentero, se convirtió en sufrimiento. Los primeros días, era tal el nivel de exigencia y atención que me imponía erróneamente, que sufría de un estrés agudo, acompañado de terribles dolores de cabeza y músculos de la espalda tensos y adoloridos. Estaba sufriendo el viaje. Al cabo de un par de semanas, era evidente que no podría continuar así, me ponía demasiado tenso, sobre todo en las mañanas que era cuando encontraba más tráfico y los conductores estaban más agresivos y desesperados. Decidí entonces hacer algo, me puse a pensar qué era lo que me producía ese nivel de estrés y tensión, y cómo podía evitarlo. Descubrí que lo que me producía el dolor y el malestar, era que cuando manejaba, tensaba todos los músculos de la cintura para arriba. Me observé manejando y evidencié que tomaba el volante con mucha fuerza, apretaba los dientes, mantenía la quijada tensa y fruncía los labios,  además, adoptaba una posición incómoda con la cabeza que me hacía forzar los músculos del cuello y de los trapecios, en definitiva estaba tan rígido, que invariablemente quedaba adolorido. Sin estar consciente de ello, había estado asumiendo esas posturas rígidas porque las consideraba necesarias para lograr un máximo de atención. Entonces, me dije: “¿Será pósible estar relajado y atento a la vez? ¿Podré relajar todo mi cuerpo al máximo posible, de manera de hacer sólo la fuerza necesaria que requiera la conducción?

Disfrutando del viaje

Decidí dar un paseo para probar mi nueva estrategia. Mientras conducía la moto, observaba toda mi corporalidad, la rigidez de mis músculos, sentía todo mi cuerpo, y de manera consciente, relajaba aquellos que no participaban, e imprímía a los músculos necesarios, la fuerza justa para lograr lo que pretendía. Poco a poco, fui relajándome más y más, hasta que alcancé un punto tal en que mi cuerpo fluía con la motocicleta, era como si nos hicéramos uno. Comencé además a sentir que la controlaba mejor, y por primera vez, empecé a disfrutar de la conducción cuando me dirigía al trabajo. Sabía que era cuestión de práctica, de acostumbrarme a la nueva filosofía de manejo, y continué observando mi cuerpo los días siguientes. El cambio fue radical y mi nivel de atención aumentó significativamente. También noté que mi anticipación había mejorado, y los dolores, la tensión y el estrés, se convirtieron en cosas del pasado. Me di cuenta, que yo había inventado la creencia de que para estar atento, debía estar tenso, esto que había dado por sentado, era la causa de mis dolencias e incomodidades. Ahora, lo que antes era aparentemente irreconciliable (relajación y atención), se convirtió en la solución al problema que había creado, eran excelentes complementos. Desde ese entonces, cada vez que encuentro variables que parecen irreconciliables, me hago la pregunta: ¿Realmente no pueden darse ambas situaciones? Algunas veces, me doy cuenta que no, pero otras, descubro que lo que había asumido como una verdad, en realidad se trataba de un paradigma.

El patrón

Este recuerdo acudió a mí los días en que discutía la existencia del destino, fue entonces cuando me formulé la pregunta: “¿Realmente, son irreconciliables, destino y libre albedrío? ¿Será que pueden darse a la vez?” Se me ocurrió pensar en lo siguiente: una manera de que destino y libre albedrío ocurran a la vez, es que operen como la respiración, esta cuenta con dos movimientos esenciales: inspiración y expiración. Si sólo inspiráramos, o si sólo expirarámos, no estaría completa. “Entonces, ¿qué tal si con el libre albedrío y el destino ocurre lo mismo? ¿Qué tal, si el fenómeno al que llamamos destino ocurre cuando dejamos de elegir?” se preguntará tal vez, qué tiene que ver lo del destino y el libre albedrío con la pregunta trascendental que comenté al incio: “¿Para qué estamos aquí?”. Ya verán cómo se relacionan.

Si sólo existiera el libre albedrío.

Bien, resulta de que si no existiera destino, entonces cada uno de nosotros elige permanentemente absolutamente todo cuanto le acontece. Es decir, sea consciente o no de lo que vive, es el arquitecto del mundo que le toca vivir. Entonces, la respuesta a la pregunta en cuestión, sería: estamos aquí para elegir o para aprender a elegir. En todo caso, seríamos nosotros quienes eligiéramos qué vamos a hacer con esto a lo que llamamos vida.

Si sólo existiera el destino

En el caso de que sólo existiera el destino, nosotros seríamos marionetas en un juego controlado por una entidad o por el Universo. Nuestras decisiones serían ilusorias puesto que en realidad, sucedería con nosotros y en nuestras vidas, aquello que ha estado planificado previamente y sin nuestra participación. En ese caso, de nada valdría que nos esforzáramos o que diéramos lo mejor de nosotros, el resultado final sería el mismo.

Qué pasa si existen las dos cosas

Si existe el líbre albedrío y el destino, entonces nosotros tomaríamos decisiones que repercutirían en un determinado campo de acción, influyendo al Universo con lo que hagamos y siendo influenciados por él. Es decir, habría una interacción dinámica donde influenciamos y nos influencian permanentemente. Además, habría una especie de corriente de vida, en la que estaríamos flotando, que llevaría su propio curso. Nosotros, flotando en esa corriente, nos moveríamos de acuerdo a nuestra voluntad, pero de acuerdo a las leyes que operarían en ese flujo. Tendríamos libertad de elección dentro de lo que nos correspondiera como contexto.
En este caso, donde libre albedrío y destino se combinan a la vez, nosotros podríamos elegir el motivo de nuestra visita en este plano de existencia, pero esa elección estaría supeditada a lo que esté a nuestro alcance. El destino entonces, sería el escenario, nosotros los actores que elegiríamos qué papel representar, acorde a ese escenario. Esta solución nos satisfizo a mi amigo y a mí, porque permitía explicar una serie de eventos que las otras dos perspectivas no lograban explicar. Si operaran a la vez, destino y libre albedrío, entonces nosotros estaríamos aquí para hacer lo que quisiéramos hacer, de acuerdo a los medios con que contáramos. Una parte la pondría el Universo a través del destino, y otra parte, nosotros a través de nuestra elección. Como cuando elegimos una carrera universitaria. Nuestra elección de la carrera a estudiar, está limitada por las ofertas académicas de las universidades a las que podemos asistir. Entonces la oferta académica, el entorno ofrecido por el Universo o destino, y la carrera elegida por nosotros el libre albedrío en acción.

El libre albedrío en su máxima expresión

Años después, la pregunta continuó haciendo su trabajo, una parte de mí, continuó con la búsqueda, atento a nuevos indicios. Cuando estudiaba “Los siete hábitos de las personas altamente efectivas” de Stephen Covey, me topé con la historia de Víctor Frankl, reconocido psiquiatra Austríaco de origen judío y padre de la Logoterapia. Fue autor de varias obras, como por ejemplo, “El hombre en busca de sentido”, la cual fue inspirada en lo que vivió en los campos de concentración donde estuvo prisionero tres años. Una de las cosas que descubrió Victor Frankl mientras estuvo prisionero, fue algo que llamó la libertad interior, y en medio del pandemonium en que se encontraba, descubrió que “Sus vigilantes podían controlar todo en torno a él. Podían hacer lo que quisieran con su cuerpo. Podían incluso quitarle la vida. Pero su identidad básica quedaría siempre a salvo, sólo a merced de él mismo”.

Aprovecho de invitar a quienes no conozcan la historia de Vicktor Frankl a que lo hagan, a mí me hizo reflexionar y resonó en mi profundamente. Lo descubierto por Viktor Frankl, en realidad había sido descrito por muchos otros maestros de distintas culturas y épocas en el pasado, sólo que lo han llamado de distintas maneras. Tomando como referencia la “libertad interior”, entonces, el libre albedrío no consiste necesariamente en elegir lo que ocurre “fuera”, sino en elegir qué hacer con lo que ocurre “dentro”. Es decir, el libre albedrío o libertad de elección tiene como ámbito principal, la interpretación que decidamos darle a los eventos que presenciamos. Algunas personas que vivieron situaciones similares a las de Viktor Frankl, decidieron interpretarlas desde perspectivas mucho menos edificantes. Unos se llenaron de odio y rencor, otros enloquecieron, algunos buscaron vengarse y organizaron patrullas para cazar a sus antigüos captores; en cambio otros, decidieron seguir adelante, decidieron pasar la página, perdonar, apostaron por la vida. Todos haciendo uso de su libertad interior, de su libre albedrío, pero con distintos resultados. Todos fueron colocados en el mismo escenario (destino), pero cada uno eligió a quien representar (libre albedrío).

Cuando

Podemos ejercer y, en efecto ejercemos, nuestro libre albedrío permanentemente, tanto si elegimos o como si no lo hacemos, porque no elegir también es una elección, y lo que llamamos destino, también ocurre permanentemente y no es más que el escenario, el contexto, los estímulos, las pruebas, las interacciones, como queramos llamarle, que no forman parte de lo previo a la elección. Con esta perspectiva, la respuesta a la pregunta trascendental que nos ocupa “¿Para qué estoy aquí?” podría ser: estamos aquí para aprender a elegir ante diferentes escenarios y en cada oportunidad, en cada momento en el que tomamos partido, decidir si lo haremos desde el amor o desde el miedo. Si lo hacemos desde el miedo, el resultado de nuestra elección se volverá en nuestra contra, no como castigo, sino como una consecuencia de nuestra elección equivocada. Si elegimos desde el amor, el resultado de nuestra elección tendrá repercusiones favorables. Algunas veces, los resultados son obvios e inmediatos, otra veces no lo notamos, o su efecto no es percibido a simple vista, o no ocurre con la inmediatez que nuestra vida mortal nos permite percibir.

El caso de los iluminados

Ahora, una de las situaciones que me planteo en la actualidad, es la siguiente, qué ocurre con estos seres que permanecen plenamente conscientes, que han trascendido la mente egoica, que son capaces de ver las cosas tal cual son, estos seres a quienes llaman “iluminados”. ¿Tendrán ellos un propósito de vida? La respuesta que he encontrado es un tanto desconcertante. Según entiendo, quienes han alcanzado el estado de budeidad, consciencia despierta o iluminación no no tienen deseos. Entonces, una persona que no tenga deseos, puede tender un propósito de vida. Otra vez, pareciera haber una paradoja, sin embargo, considero que cuando se revisa con más detenimiento la situación, encontramos que puede ocurrir que no se tenga deseo más sí un propósito. Los Iluminados tienen propósito, porque la compasión se convierte en su razón de ser. Movidos por ella, nos enseñan con sus sabias palabras y principalmente con su ejemplo. Por otro lado, la ausencia de deseos no les ata al mundo, a la corriente de vida, ellos se hacen uno con el mundo y lo contienen. Son el nadador y la corriente en la que flotan a la vez. Se funden en el destino y su elección o libre albedrío deja de ser la elección de la interpretación de lo que los rodea, para ser el SER propiamente  dicho. No juzgan ni etiquetan, no interpretan ni concluyen, se concentran en Ser continuamente. En ese estado de conciencia, la pregunta que nos ocupaba de “¿Para qué estoy aquí?” desaparece junto con todas las demás.

No creo que estamos aquí para ser santos, sino para hacernos cada vez más conscientes, y mientras más conscientes, más compasivos y amorosos somos. En última instancia, tal vez la elección última consiste entre permanecer dormidos o despertar.

Lornis Hervilla © 2012

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Esta entrada fue publicada en 18 de agosto de 2012 por en consciencia, discernimiento, sabio, Ser y etiquetada con , , , , , , , , , , , , , , , , , , .
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