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El espejo que refleja nuestro interior

Espejos

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Somos uno con el Universo, uno con Dios, disueltos en el Amor. Partiendo de allí, podemos decir que cada uno de nosotros es esa unidad mirándose a través de “nuestros” ojos. Cada una de nuestras experiencias es entonces la percepción e interpretación de una parte de ese Todo mirándose a sí mismo, es el Todo percibiéndose a través de nuestra humanidad, de nuestras creencias y limitaciones, de eso a lo que llamamos Yo. Este ser infinito del que formamos parte, tiene la propiedad de verse a sí mismo desde infinitas perspectivas. Así, cuando miramos situaciones, personas, eventos, o incluso, cuando percibimos nuestras emociones, sentimientos o pensamientos, es una parte de ese ser infinito que somos dándose cuenta de lo local y circunstancial. Lo otro, aquello, ese, el otro, tú, son espejos que me reflejan, y es allí que cobra sentido el siguiente cuento sufí:
Un forastero que llega a un pueblo con intención de quedarse a vivir allí y pregunta a un sabio maestro del lugar:
-Forastero: (al maestro) ¿Cómo es la gente de este pueblo?
-Maestro: ¿Cómo es la gente del lugar de donde vienes?
-Forastero: Oh, son mentirosos, estafadores y dañinos
-Maestro: Exactamente así son en este lugar
El forastero se va y al rato llega otro y formula la misma pregunta.
-Otro forastero: ¿Cómo es la gente aquí?
-Maestro: ¿Cómo es la gente del lugar de donde vienes?
-Otro forastero: Ah, son amables, serviciales y corteses
-Exactamente así son en este pueblo (responde el maestro)

Entonces, cuando conseguimos personas que nos “adversan”, que “nos impacientan” o “nos molestan” debemos agradecerles pues son nuestros maestros, son quienes nos muestran las incongruencias, confusiones, limitaciones y desequilibrios de nuestro ser local. Y es que son esas incongruencias, confusiones, limitaciones y desequilibrios las que nos impiden percibirnos con la majestuosidad que deberíamos, son las vendas que impiden que nos miremos tal cual somos, que miremos las cosas tal cual son, que nos demos cuenta que estamos fundidos en el Todo, y que somos dioses.

Es por ello, que cada desagrado, cada sentimiento exacerbado, cada pulsión a la ira, cólera, rabia, cada disgusto, cada sentimiento o pensamiento que consideremos inspirado por algo o alguien puede ser aprovechado para conocernos y evolucionar pues, detrás encierra una verdad que no conocíamos acerca de nosotros mismos. Hacerlo es acelerar la marcha, hacerlo es transformar disgusto y rabia en agradecimiento y amor, es ser capaces de apreciar la belleza en todo, de ver más allá de lo evidente y de comprender que todo trata de nosotros, todo trata de mí, todo tiene que ver conmigo, y debo resolverlo desde mi interior, los cambios, las soluciones, los ajustes, pasan a través de mi y únicamente a través de mi cambio de conciencia, mi evolución.

Siendo así, podríamos preguntarnos, ¿Cómo entonces es que pertenezco a un Todo y al mismo tiempo depende de mí que ese todo se aprecie a sí mismo, cada vez de una manera más real? Bueno, es algo así como las células de nuestro cuerpo, donde cada una es capaz de realizar sus funciones especializadas, de alimentarse, de reproducirse, defenderse, de vivir con “independencia” tal como lo hacemos nosotros, pero eso no significa que realmente sean independientes, que no pertenezcan a un todo llamado tejido, órgano, músculo, sangre, cuerpo, yo. Esa célula que pudiera creerse aislada e independiente, literalmente flota sumergida y rodeada por ese ser al que llamamos con nuestro nombre y depende y es influenciada directamente por las decisiones que ese ente (yo) decida.

Pongamos como ejemplo, una célula de nuestro hígado o de nuestro corazón, esa hermosa célula, tal vez orgullosa de sí misma por realizar bien sus funciones, y suponiendo que tuviera conciencia, podría decir, “yo soy yo y no tengo que ver con esta otra célula que está a mi lado, y mucho menos con las células de los riñones”. Probablemente, ella delimitaría su ser hasta donde llega su membrana, y de allí hacia “afuera” estaría “El Universo” para ella. Pero sabemos que si las células de una parte de nuestro cuerpo, pierden el balance y comienzan a reproducirse sin control como un cáncer, esa célula que se cree independiente tendría un futuro comprometido. Si nos preguntaran, diríamos sin duda que cada una de esas células forman parte de nosotros, sin importar que tengan cierta independencia. Imagina por ejemplo, que nos pincháramos la piel, no todas las células lo sentirían, incluso tal vez la afectada tampoco lo notaría o por lo menos no con la misma intensidad de dolor con la que lo notaríamos nosotros. Esas células, que estarían rodeadas por nuestros fluidos y por otras células iguales o diferentes, con funciones distintas, están todas conectadas por vías que desconocen, formando parte de un tejido, de un órgano, de un sistema, de un ser, sin darse cuenta de ello. Esta célula hipotética, tal vez no sabe ni tiene como darse cuenta que complementa a una pareja o forma parte de una familia, de una comunidad, de una sociedad, pero nosotros sabemos que sí forma parte de todos esos sistemas, que su correcto funcionamiento es importante y necesario. De la misma manera, cada uno de nosotros forma parte de un algo superior, sistemas más y más complejos que se entretejen hasta perdérsenos de vista, mas no significa que no seamos importantes, todo lo contrario, somos muy importantes, al igual que lo es aquella célula del hígado o del corazón. De igual manera, si esa célula desarrollara su conciencia local, a un punto de comprender que forma parte de esos sistemas que la contienen, si es capaz de comprenderlo realmente, de darse cuenta que ella es una parte del Todo, es muy probable que su comportamiento cambie e incluso, que decida colaborar en lo que le sea posible, mejorando su rendimiento, ya que no se ve a sí misma como un algo separado y trabajaría en función del bien del sistema, porque en definitiva es su propio bien, ella y el sistema son uno.
Abrir nuestras conciencias incluye ser capaces de darnos cuenta de que los límites están en nuestras percepciones, que es imposible establecerlos realmente porque todo está conectado, y que si lo hacemos, es por comodidad del lenguaje, por limitación de nuestra capacidad de comunicarnos sin usar códigos, por la necesidad de simplificar lo percibido para que pueda ser “comprendido” por la mente, y esa estrategia es lo que crea la ilusión, la ilusión de lo que percibimos, de las creencias y en definitiva, la ilusión de un Yo separado del resto. Esta ilusión es el ámbito de la mente, pero la conciencia va mucho más allá de la mente, y si bien esta última es útil en determinados momentos, tiene limitaciones que sólo la conciencia trasciende.

Suelo decir, que nuestra relación con la mente, es como la historia del maestro espadachín:

Dicen que hubo un hombre que desde niño se propuso hacerse el mejor con la espada, al punto que entrenaba a diario hasta que se dormía muy tarde agotado de tanto entrenar. Incluso soñaba que manejaba la espada y en sus sueño seguía practicando, al levantarse lo primero que hacía era tomarla y pronto comenzó a emplearla para hacer sus labores del día, como comer, vestirse, etc. Si tenía que picar algo mientras comía, usaba su espada, si tenía que abrir una puerta, usaba su espada, si tenía que hacer un nudo, usaba su espada. Al principio era torpe, pero de tanto practicar alcanzó un dominio de la espada tal que la verdad era que parecía que podía hacerlo todo con la espada. Todo iba bien, hasta que un día se enamoró y quiso tomar las manos de la mujer que amaba, cuando fue a soltar la espada, su mano no obedeció, había perdido la capacidad de abrirla. Podía apretar la empuñadura de la espada con mucha firmeza, pero no podía abrir la mano. Como era orgulloso, y se sorprendió a sí mismo limitado, se marchó y se encerró en su casa. Ya para aquel entonces hacía tiempo que su fama se había extendido por todos los confines, nadie dudaba que era el mejor y más habilidoso espadachín que jamás había existido, pero para él ahora eso no era importante, había descubierto que su corazón se encendía por una pasión que iba más allá del arte de la espada, y ahora, era justo la espada la que se interponía en su camino. En su casa intento sacar la mano de la empuñadura, pero todo esfuerzo fue en vano. En algunas ocasiones su amada fue a visitarlo pero él se rehusaba a verla pues, se había prometido tomarla con sus dos manos cuando la viera y aun no podía hacerlo. Así pasaron y pasaron los días y el espadachín cada día se amargaba más, al punto de detestar la espada que ahora se había convertido literalmente en una extensión de sí mismo. Tan obstinado como había sido para aprender la esgrima, fue su determinación para abrir la mano, y todos los días, y tras mucho dolor, pasaba horas y horas ejercitándose para abrir la mano, hasta que lo logró. No la abrió toda, pero sí lo suficiente como para poder quitársela. Ese día fue el hombre más feliz sobre la tierra, y corriendo fue donde su amada para tomarle ambas manos. Muchos años pasaron y el tiempo lo había convertido en maestro de esgrima. Particularmente le enseñaba a sus estudiantes dos lecciones básicas, dos ejercicios que debían hacer con atención durante toda su vida y sin importar el nivel de maestría que alcanzaran: el primero era: saber tomar la espada cuando hacía falta, el segundo, saber soltarla cuando ya no era necesario empuñarla. Se dice que para aquel maestro, estos dos principios rigieron su escuela y su vida.
(cuento de mi autoría).

Nosotros, somos un poco como ese maestro, aprendemos a usar “la espada” (la mente) cuando estamos pequeños, y nuestros padres, nuestros maestros, la sociedad nos impulsan para que así sea y hasta nos premian por hacerlo, y algunos lo hacemos con tanta dedicación, con tanto fervor, que luego, esa misma espada se vuelve un impedimento para seguir a nuestro corazón, nuestro verdadero camino evolutivo. La espada es útil, pero en un contexto limitado, sólo en ocasiones, no es útil para todo. Pero es tal la confianza que desarrollamos al hacernos “maestros” de esta espada, que nos negamos a abandonarla y nuestras manos se engarrotan en ella. Nos apegamos así a la lógica y a la razón, a la intelectualidad tan valoradas en nuestra sociedad o incluso a otras ilusiones aún más pasajeras, como las apariencias, las posesiones, el prestigio, la moda, la “belleza”, etc. Cada una de estas ilusiones se convierten en sendas construcciones en el terreno ilusorio de la mente. No significa esto que debamos aborrecer el mundo, pero si que comprendamos que es mejor “vivir en el mundo sin pertenecer a él”.

Imitemos al maestro, y aprendamos a soltar la espada, a soltar esa mente que nos es útil sólo en momentos para poder obedecer al corazón. Practiquemos como sus alumnos, y seamos capaces de empuñarla sólo cuando sea necesario y a soltarla cuando ya no lo sea. Meditar es el ejercicio de soltarla y hay muchas variantes, elijamos las variantes de meditación que nos sean más cómodas y aprendamos a abrir la mano. El estado de no-mente, no implica hacernos tontos, sino abrirnos a una sabiduría superior, a tomar de la fuente directamente y sin distorsiones, hacernos intuitivos y directos. Implica entrenamiento, pero ¿si ya nos hemos hecho maestros de la “espada”, quién dice que no podemos hacernos maestros de la no-mente?

Lornis Hervilla  © 2012

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Un comentario el “Espejos

  1. Pepito fuentes
    11 de noviembre de 2016

    Agradesco a dios por tanta sabiduria y misericordia.

    Me gusta

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Esta entrada fue publicada en 13 de junio de 2012 por en consciencia, discernimiento y etiquetada con , , , , , .
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