Sexo, drogas y otras cosas – Parte 2

Esta reflexión tiene una antecesora, titulada Sexo, drogas y otras cosas – Parte 1 en la que hablo de la palabra sexo y el impacto que tiene a nivel inconsciente en el ser humano. En esta reflexión, hablo de las drogas, sustancias que forman parte de nuestras vidas.

Desde etapas muy tempranas de la humanidad, el hombre se ha interesado en manipular materiales y sustancias para adaptar el entorno a sus necesidades y deseos, y algunas veces queriendo y otras sin querer, a dejado de ser un simple espectador para asumir roles de protagonista o cocreador del medio que habita, e incluso de sí mismo. En este peregrinar, la humanidad ha alternado lo mágico y lo científico, lo intuitivo y lo lógico-racional, y sin importar el caso ni la aproximación usada, ha probado en sí misma, sustancias que la transportan a mundos apartados y ajenos a la conciencia común. Sustancias que le han permitido ir más allá de lo cotidiano y de lo conocido, traspasando barreras físicas y mentales, yendo más allá de las propias limitaciones cognitivas y sensoriales.

El tiempo, la curiosidad, la creatividad, la persistencia e incluso el miedo, han sido y aún son ingredientes claves para la obtención de estas sustancias, que en la mayoría de los casos, están presentes en la naturaleza. Estos elementos se han ido manifestando y combinando en tradiciones, ritos, expresiones culturales y religiosas, y en otros casos, se ha empleado como moda y pasatiempo. Desde estos escenarios se ha popularizado su consumo y su uso se ha llevado a otros espacios; en todos los casos modificando el mundo que conocemos. Estas sustancias las encontramos en los tres estados físicos de la materia, sólido, líquido y gaseoso, y son percibidas a través de todos nuestros sentidos. Están presentes en alimentos que se comercializan en masa y son aprobados por la sociedad, bebidas con y sin alcohol, bebedizos y jarabes, cigarros, sahumerios, cremas, pomadas, líquidos inyectables, gases, en fin, presentes en todas las facetas de nuestras vidas y en diversas presentaciones. Todos tenemos acceso a ellas, y en alguna forma, las hemos consumido.

Las Drogas

Según el diccionario de la Real Academia Española, las drogas se definen de la siguiente manera: “sustancia mineral, vegetal o animal, que se emplea en la medicina, en la industria o en las bellas artes” y como “sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”. En esta reflexión, cuando hable de drogas, me referiré a todas las sustancias capaces de alterar la química cerebral, haciendo que varíe significativamente la manera en que percibimos, interpretamos y respondemos a los estímulos del mundo. Ahora, las drogas también tienen una particularidad que considero muy significativa: tienden a ser adictivas, esto último considero que es lo que las hace muy peligrosas.

Estado sólido y el caso de los alimentos

Hay alimentos que de acuerdo a esta definición, podemos catalogar como drogas. Entre ellos están el azúcar, el chocolate, el café, las harinas ricas en carbohidratos, las carnes grasas y los sabores artificiales. Cada uno de estos alimentos cumple con las dos condiciones antes mencionadas, modifican la química cerebral y por ende nuestras percepciones, y su consumo tiende a crear adicción. Sin embargo, son tan comunes, tan cotidianas que su consumo se permite sin restricciones, y no suelen hacerse advertencias a los consumidores sobre las consecuencias de ingerirlas. Incluso, de niños a muchos nos dan justo este tipo de alimentos y nos premian con estas sustancias si nos “portamos bien”. Claro está que hay diferencia entre estas drogas y las llamadas drogas duras pues, las últimas inducen a quienes las consumen o trafican con ellas, a cometer crímenes contra sus semejantes. Sin embargo, es curioso que existan corporaciones inmensas, transnacionales, que comercializan (trafican) libremente con estas sustancias “lícitas” que conseguimos fácilmente en los automercados. Tal vez, este sea uno de los elementos que contribuya a que no hayan crímenes asociados a ellas. Claro está, que podría tal vez considerarse un crimen, ver como a un niño se le atiborra de azúcar con helados y golosinas, afectándole su sistema nervioso, o premiándolo con grasas trans y saturadas presentes en hamburguesas, fritangas, y algunos chocolates. Pero no se le presta la atención debida, tal vez porque los efectos no son tan inmediatos, aunque sin duda, visibles y evidenciables en el tiempo, sino veamos los índices de obesidad, diabetes y cáncer en niños, jóvenes y adultos.

Estado líquido y las bebidas.

En cuanto a las bebidas, podemos mencionar el café, el té, las bebidas achocolatadas, las gaseosas, las bebidas alcohólicas y energéticas. Cada una de ellas tiene propiedas que la caracterizan como droga. Por ejemplo, es sabido que el café contiene cafeína, sustancia que altera el sistema nervioso y aumenta el metabolismo. Actualmente, su consumo es masivo y lícito hasta para los niños. En algunos países, como en el que vivo, su consumo es tan importante que su ausencia se convierte en problema nacional. El chocolate, sólido o líquido también se debe considerar como una droga, ya que afecta la química cerebral y produce adicción. Hay personas que se hacen tan adictas a él, que para poder dejarlo, deben recibir tratamiento. El té ha sido tan apreciado por algunos países, que hasta se han dado terribles guerras para controlar su comercialización. En la actualidad, su consumo también es masivo y aceptado por la sociedad. Todas estas bebidas, aunque son drogas, tienen efectos un tanto menos perjudiciales, en comparación con los terribles daños que producen las gaseosas, el alcohol y las bebidas energéticas ricas en cafeínas y otros estimulantes. Considero que todas deberían ser consumidas con conciencia y evitando los excesos, sobre todo las tres últimas, que a mi juicio causan mucho más daños al mundo, que beneficios.

El estado gaseo, el tabaco y los cigarrillos

Cuando los europeos llegaron a América, encontraron unas hojas grandes y aromáticas que usaban los habitantes originarios del continente para elaborar cigarros; se trataba del tabaco. A partir de ese momento, se incrementó su producción y hoy día, la industria tabacalera, a pesar de todas las restricciones y demandas a nivel mundial, sigue siendo poderosa. Es ya conocido los efectos nocivos que produce su consumo, sin embargo, se acepta socialmente. De una manera absurda, en las series televisivas, telenovelas, publicidades y sobre todo, en películas, suele mostrarse como un hábito agradable y hasta atractivo, lo cual hace sospechar que la inclusión en la trama sea financiada por las tabacaleras. El tabaco y el cigarrillo además sirven de puente para otras drogas que se inhalan de manera similar, como el caso de la marihuana en sus distintas presentaciones vaporizadas.

Hay una alta probabilidad de que quienes se iniciaron con marihuana, posteriormente busquen otras drogas, ya que con el tiempo los efectos de la marihuana se va atenuando. Por eso, veo con preocupación, que en muchas películas y programas de televisión, a través de “estrellas” influyentes, promuevan el consumo de alcohol, cigarrillos, marihuana, cocaína, anfetaminas, heroína, entre otras. En algunos casos, incluso hacen escenas “graciosas” donde muestran que la vida es más divertida, si se está intoxicado, y muestran a quienes no lo hacen como tontos “perdedores”, o como lo suelen decir los de habla inglesa: losers. De esta manera, se ha ido asociando un significado al uso de las drogas que en nada se asemeja la realidad. Consciente o inconscientemente, se ha estado anclando a través de los medios, que el consumo de drogas es sinónimo de poder, que es equivalente a librarnos del tedio y la rutina, que nos permite alcanzar las más altas esferas, que es un símbolo de irreverencia y libertad y que el sexo es mejor bajo sus efectos. Pero la verdad dista mucho de este escenario que intentan enseñarnos, con frecuencia, en lugar de eso, las drogas ocasionan graves problemas al mundo. No sólo deterioran a quienes las consumen, encerrándolos en la prisión de la adicción, privándolos de su libertad interior, sino que además, es motivo de la mayoría de los crímenes que se comenten. En una gran proporción, los actos de violencia los llevan a cabo personas bajo sus efectos, o quienes luchan por controlar su comercialización, o quienes desean hacerse de dinero para poder comprarla.

Ahora bien, ¿Por qué el ser humano recurre a las drogas? ¿Para qué drogarse?

El ser humano ha estado viviendo en las penumbras de la ignorancia desde sus inicios, y por la curiosidad que lo caracteriza, e impulsado por la necesidad de comprender el entorno y en definitiva a sí mismo, ha buscado de manera creativa respuestas a los fenómenos que lo reodean, a lo que vive y a su realidad interior. De esta manera, ha transitado en soledad un largo peregrinar, y su existencia ha estado enmarcada en lo mágico, en prácticas místicas y esotéricas y ha venido evolucionando hasta prácticas que en teoría se suponen más lógicas, racionales y científicas, pero siempre ha estado buscando comprender y comprenderse, buscando respuestas que muchas veces no consigue. Sólo algunos afortunados, han encontrado la vía al punto de “no pregunta”, han dado con la totalidad, con la plenitud, y se han disuelto en el Todo, dejando de buscar la verdad, porque se han hecho la verdad misma. Estos afortunados dejan de buscar porque han trascendido la mente, sus egos, la dualidad, los avatares y vicisitudes del día a día, pero son pocos en comparación con los miles de millones que han andado sobre el planeta vagando en el mar de la confusión y la ilusión. Buscando afuera respuestas a preguntas trascendentales que no tienen respuesta en la mente, y vagando se distraen en su andar, y en medio de la desesperación se encuentran con estas sustancias que les permiten escapar a esta “realidad” que les incomoda, refugiándose en ellas para lidiar con sigo mismos, ya que se niegan a aceptar el mundo como lo ven. Las drogas entonces le sirven de cobija ante la fría soledad de la ignorancia, son una vía de escape para no rendirse, sin saber que es justa la rendición al sí mismos lo que los conduciría de vuelta al hogar. Es como si fuesen náufragos, que sabiendo que no deben tomar el agua de mar, se atiborran de ella por la ilusión breve de calmar su sed, acto que lejos de saciarlos, les arrebata la vida. Así pues, las drogas son el escondrijo donde la humanidad se ha ocultado todo este tiempo de la incertidumbre y el miedo.

¿Qué hacer con estas sustancias?

Mientras las drogas no sean usadas como mecanismo de evasión, como puente a un placer artificial que lejos de ayudar perjudica a todos, mientras su uso no se haga necesario y vital, creo que no importa si se consumen o no, aunque siempre habrá peligro en ellas. En lo personal, creo que es absolutamente innecesario hacerlo, y pienso que es mejor no incursinar en cosas que no sabemos si podremos manejar. Creo muchos caen en la trampa del “sólo una probadita nada más” pues, todo andar requiere del primer paso, y en lo que concierne a las drogas, hacer caso a esa frase puede significar lanzarnos al abismo. Por lo que entonces insto a quienes leen estas líneas, para no caer en la trampa del “yo puedo controlarlo”. Es mil veces preferible ser el “loser” en la opinión de alguien, que convertirnos en verdaderos perdedores al dejar escapar la hermosa oportunidad de estar en este plano físico con todas nuestras facultades. No juzgo a quienes lo hagan o lo hayan hecho, cada quien ejerce su libre albedrío de la manera en que su conciencia le dicte, sin embargo, creo que escapar de la realidad con químicos no ayuda, sino todo lo contrario, nos aleja de nuestra verdadera esencia que es, Ser. Consumir drogas es cambiar un momento de placer por una eternidad de dolor, y está comprobado, que todas causan deterioro a nuestro nuestro cuerpo y en definitiva a nuestro ser.

¿Qué ocurre entonces con el uso religioso de las drogas?

En algunas religiones, los sacerdotes usaban drogas para conectarse con espacios en los que no accedían en estado normal, les era necesario para contactar y percibir fuerzas que de otra manera y con los métodos que conocían, no hubieran podido relacionarse. En esos casos, quienes usaban esas drogas, eran sacerdotes, shamanes, iniciados, e incluso laicos que por costumbre asumían que ese era el camino, desconociendo los pormenores de los efectos producidos por tales prácticas. Esto lo comparo con otras prácticas, que aunque bien intencionadas, tuvieron consecuencias garrafales. Por ejemplo, en la medicina hubo una época en que los médicos no se lavaban las manos, convirtiéndose ellos mismos, en agentes propagadores de enfermedades. El caso de quienes arropaban a los niños con fiebre para que “la sudaran”. O quienes sumergían a los pacientes febriles en tinas de agua helada para bajárselas súbitamente. Incluso se ha escrito, que algunos vertían aceite caliente en las heridad de guerra como medida para prevenir infecciones, lo cual agravaba la situación del herido. No quiero decir con esto, que los resultados obtenidos por sacerdotes y chamanes hayan sido necesariamente negativos, sino que las buenas intenciones no son suficientes para alcanzar lo que se desea. A través de los efectos de las drogas, algunos alcanzaron epifanías que les abrieron las puertas a conocimientos que a su vez ayudaron a otros, y pareciera que estos sacerdotes, shamanes y quienes han usado estas sustancias con fines netamente religiosos o “espirituales”, lograron realmente alcanzar sus objetivos, pero también los hay que al igual que los otros, lo intentaron y se perdieron para siempre. Entonces, no es un camino de seguro transitar, sino más bien un camino muy riesgoso.

¿Entonces, cuál es la alternativa?

Hay sin embargo un camino que es capaz de llevarnos más allá de lo evidente: la meditación. Hay muchas manera de meditar, de alcanzar ese estado tal en el que nos vaciamos, en el que logramos traspasar las barreras de lo mental para colocarnos más allá, para hacernos uno con todo. Ahora, la meditación requiere de práctica, no porque sea complicada, sino porque raras veces se “construye el puente” las primeras veces que se realiza, y además porque cada vez que la practicamos, es única y distinta. Además, en la mayoría de los casos, los condicionamientos son tantos, que se requiere un lapso de tiempo para alcanzar el estado idóneo. En comparación con las drogas, llegado un punto, la meditación se le iguala al modificar nuestra química cerebral y nuestras percepciones, pero se diferencia de las drogas, en que lejos de perjudicarnos nos beneficia en todos los aspectos de nuestro ser. En primer lugar, nos hace más pacíficos, la paz se manifiesta de una manera natural en nostros y quienes nos rodean pueden notarlo, ese estado de paz nos permite ver las cosas con mayor claridad, con tranquilidad, lo que nos facilita el accionar en el día día, nuestras acciones se hacen más certeras y eficientes, nuestro cuerpo se renueva y nuestro sistema inmunológico se fortalece. Surgen pensamientos en nuestra mente, pero en lugar de ser víctimas de ellos, somos testigos de su aparición, lo cual nos permite hacer uso de nuestro libre albedrío, es decir, podemos elegir qué hacemos con esos pensamientos. Eso sí, la meditación requiere constancia y esfuerzo. Aunque parezca ilógico, nuestras mentes se incomodan cuando no hacemos nada, y es justo la resistencia a “no hacer nada” lo que hace surgir toda clase de excusas para no meditar. A diferencia de la meditación, las drogas son de efecto inmediato, no requieren nuestra fuerza de voluntad, de hecho, vulneran nuestro libre albedrío al hacernos adictos a ellas, dejamos de decidir nosotros. Comparar las drogas con la meditación, sería como comparar un jardín de flores artificiales con uno natural.

Los placeres inmediatos, las salidas fáciles, suelen hacernos pagar un precio muy alto por la inmediatez. Económicamente hablando, se trata de malos negocios, es como tomar dinero prestado de mafiosos para gastarlo en juegos de azar, llegará el momento en que perderemos lo prestado e incluso la vida. La meditación debería ser enseñada en las escuelas, en los colegios, debería ser un práctica en los trabajos. ¿Te imaginas que en las escuelas y en los trabajos se dedicaran diez minutos en la mañana y otros diez en la tarde para aquietarnos? ¿Te imaginas que se masificara en todos los medios disponibles, como las redes sociales, la televisión, las películas, las series, la práctica de la meditación? En algunos casos, no hacen más que ridiculizar a quienes dedican tiempo al encuentro consigo mismos. Esta ridiculización tiene sus motivos: miedo a lo desconocido, miedo a encontrar que hay algo que está más allá de lo evidente, al mundo material y consumista en el que se empeñan en sumirnos, y también miedo a perder el control, porque una sociedad despierta sería más difícil de manipular y controlar. ¿Cómo podrían surgir guerras en personas que hayan conocido la paz o que hayan experimentado la quietud?, ¿Cómo sembrar la desesperanza y el terror en quienes hayan experimentado el amor?. La búsqueda interior entonces se hace incómoda. Pero como la verdad no se dice sino que se vive, quienes hemos experimentado los beneficios de la meditación, ya no damos marcha atrás, porque ahora conocemos lo que es bueno.

Jesús dijo, “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” Juán 8:32. La meditación es un camino que nos conduce a experimentar la verdad de las que nos habla el maestro Jesús.

Lornis Hervilla © 2012

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